LA PRESENCIA DE DIOS 

Parte importante de nuestra existencia y de nuestro propósito como seres humanos, por no decir el principal está relacionado con volver a ser uno con Dios, volver a ser uno con la Luz.
Para eso sabemos que lo primero que debemos hacer es conocerlo, saber cómo obra, como opera, saber cómo vibra.

Lo fascinante de esta vida es que, en esta perfecta creación del Universo, quedó dispuesto que el conocer a Hashem fuera una experiencia que solo es posible sobre la marcha, en la práctica, es decir vamos conociendo a Hashem en la medida que vamos viviendo a Hashem, vamos conociendo a Dios en la medida que vamos obrando como él, siendo luz, siendo amor, siendo compasión.

Nuestro aspecto espiritual fluye y avanza con certeza y determinación en este camino hacia el encuentro con la luz, poniendo todo de sí e invitando y coordinando de manera precisa a todas nuestras otras dimensiones. Las más físicas, las más intelectuales, las vinculares, son todas invitadas a elevarse y ponerse a disposición de nuestra alma, que, si bien no conoce el camino exacto, si sabe adónde se dirige. Alma que invita a nuestro maravilloso cuerpo (sin el cual nada de lo que estamos hablando tendría lugar de existir) y a nuestras mentes refinadas a ser parte de esa búsqueda, solicitándoles que pongan a disposición de este viaje todo lo que traen, todo lo que portan y todo lo que son.

Y con todo nos referimos a todo todo. Todos sus atributos, posibilidades y energía maravillosas y también todas sus heridas, todas sus fracturas, todos los nudos y todas las contradicciones.
Porque es en esos espacios internos complejos e incoherentes donde más necesitamos esa luz y ese amor. Es en esos espacios internos donde la presencia de Hashem es requerida.

Y es en esos espacios internos donde nosotros como seres humanos, somos invitados a abrirnos, a soltar el control, a aceptarnos sin saber, es decir a conectar con la Emuná, a aceptarnos completamente ignorantes y dejar que la inteligencia divina, reequilibre y ponga las cosas en su lugar y en su justa medida.

 

Puede sonar fácil, pero tenemos todo un sistema, una estructura montada para evitar dejarnos caer, para evitar esa sensación de ser chiquititos y no tener herramientas.
Y aquí entramos en una trampa del ego que nos hace mucho daño, y es la ilusión de que deberíamos saber todo, tener la respuesta correcta, y saber siempre cómo salir de las encrucijadas de la vida, cuando el único que sabe realmente cuales son las rutas que debemos recorrer para volver a la Luz es Hashem!
Lo que nosotros aportamos dentro de esta cocreación es abrir el corazón, gestionar nuestras estructuras reactivas y elegirlo a él, dejarlo obrar en nosotros.

Tomemos con HUMILDAD el pedacito del trabajo que nos toca, que ya es suficiente desafío, y hagamos lo que nos corresponde sin prisa, pero sin pausa.

Cuando ponemos disponible nuestra vida a Dios, dejamos literalmente que Hashem nos habite, es una manera de decirle, “eres bienvenido, ven, entra en mi corazón, entra en mi vida y lléname de tu amor y de tu luz, enséñame cómo es que se disuelven los nuditos de la vida con compasión y misericordia. Acepto caminar de tu mano, con tu pulso, con tu inteligencia y con tu guía”. “Muéstrame como se recorre esta vida con humildad y certeza, con fuerza y determinación, compartiendo los dones que pusiste en mí, compartiendo la sabiduría profunda de mi alma y también compartiendo mi más profunda ignorancia que me lleva a ser un permanente y atento aprendiz”.

Entonces queridos y queridas compañeros de ruta, les invito a que la próxima vez que nos encontremos frente a un desafío que nos abruma o aprete el corazón, nos preguntemos: frente a este problema/dilema/desafío, ¿dónde y en qué aspecto falta amor?

O dicho de otro modo, frente a este problema o a este conflicto que siento y tengo, ¡dónde y en qué aspecto falta la presencia de Dios?

 

María Magdalena Cuevas