Se caen muros pero edificamos amor

Ha sido difícil mirar todo lo ocurrido en Venezuela desde el doblete de terremotos y no conmoverme profundamente por ello. Al mismo tiempo, resulta súper admirable la cantidad enorme de personas volcándose en esta causa. En todas partes del mundo empezaron a donar; algunos se apuntaron a armar cajas, otros a llevarles comida y bebida a los voluntarios. Por otra parte, rescatistas, profesionales de la salud y civiles de muchas nacionalidades volaron hasta Venezuela; incluso algunos se costearon sus propios gastos; llegaron no solo a poner su esfuerzo y tiempo, sino incluso a arriesgar sus propias vidas y salud, para rescatar a personas que no conocen.

Y no puedo dejar de nombrar a los voluntarios civiles de la localidad y sus alrededores, quienes, sin tener conocimientos de rescate, a mano limpia han estado quitando piedras, soportando temperaturas, cansancio, olores, incluso, sin buscar a nadie conocido, solo porque sus almas les pidieron ir allá; pescadores, taxistas, barberos, entre otros, gente humilde, trabajadora y humana. Otros se han dedicado a cocinar, organizar, transportar, cuidar, acompañar y consolar. Un pueblo que ha sido abandonado, pisado y burlado muchas veces, pero que se ha aferrado a su fe y a su esencia, y que ha demostrado muchas veces su valor, resiliencia y perseverancia.

Estas pocas palabras no llegan a describir todos los actos de amor y bondad que han ocurrido en mi tierra natal en medio de tanto dolor. Ante todo ello, no puedo pasar por alto el sacrificio y la entrega de todos, y a cada uno de ellos le debo mi gratitud.

Según el Talmud, “el que salva una vida, salva al mundo”; de acuerdo con datos oficiales se han rescatado más de 6.400 vidas. ¡Cuántas veces ha sido salvado el mundo!

¿Y cómo se corresponde eso con lo que nos enseña la Torá en este momento? Esta semana empezamos el último libro de la Torá, Devarim —palabras—, que corresponde al nivel de Asiah. Y esta semana tenemos el Shabat que antecede a Tisha B’Av —el día más negativo del año— y, dentro del judaísmo, un día de duelo.

Una de las cosas que se describe en esta porción es cómo Moisés le reclama al pueblo hebreo por sus múltiples quejas, las cuales, además, emitían aun teniendo todas sus necesidades cubiertas, y debido a esto, tuvieron que estar 40 años en el desierto, y la mayoría de ellos no pudo entrar a la tierra prometida.

Esto me recuerda a nosotros mismos en estos tiempos: estamos bendecidos en abundancia y, muchas veces, en lugar de agradecer, nos quejamos. Qué diferente a la gente de La Guaira en este momento, que habiendo perdido todo, sus seres queridos y más, son capaces de entregar lo poco que tienen.

Por otra parte, en lo personal, quizás nunca pueda entender por qué tantas almas deciden partir juntas de una forma tan dolorosa. Sí entiendo, en cambio, por qué muchos, sin tener relación con el lugar, se unen para aportar. Sin embargo, creo que debemos reflexionar sobre cómo podemos ser proactivos y altruistas sin que tenga que ocurrir una gran tragedia, como la destrucción de los dos Templos, el Holocausto o dos terremotos simultáneos.

Que nuestras intenciones no queden en palabras. Aunque se caigan techos y muros, Jas veshalom, que nuestras acciones de amor al prójimo sirvan para edificar nuestra conexión completa con Hashem. Porque es precisamente aquí en el mundo de Asiah donde podemos lograrlo.

Que tengan una buena semana, y que Hashem les ayude a conectar de manera profunda y comprometida con sus almas para canalizar su Luz con amor.

Con mucho cariño,

Maestra Guía Leah Salazar