La oscuridad nunca tiene la última palabra

 

Vivimos en una cultura que suele asociar la oscuridad con la ausencia. Ausencia de respuestas.

Ausencia de certeza, de emuná.

Ausencia de sentido.

Ausencia, incluso, de Di’s.

 

Sin embargo, desde la Kabbalah sabemos que la oscuridad no es la ausencia de Luz, ni un lugar donde la Luz ha desaparecido.

La oscuridad es el lugar donde la Luz todavía no ha sido revelada.

 

Y esta es una diferencia sutil, pero poderosa para comprender los momentos difíciles.

Porque si la Luz realmente desapareciera, no habría nada que hacer.

No existiría posibilidad de transformación, ni aprendizaje, ni crecimiento.

 

Lo que cambia es nuestra capacidad de verla, de recibirla y revelarla.

Por eso nuestros momentos de mayor oscuridad no son necesariamente los momentos de mayor distancia respecto de la Luz, son precisamente, los momentos en que la posibilidad de revelarla es mayor.

 

Pensemos en una habitación completamente oscura.

Durante el día, una pequeña vela apenas es perceptible, pero cuando todo está oscuro, esa misma llama cambia por completo la experiencia del espacio.

 

La oscuridad no vence a la Luz. Es la Luz la que rompe la oscuridad.

Y para hacerlo no necesita ser inmensa.

 Necesita, simplemente, estar presente.

 

Quizás por eso los grandes procesos de transformación suelen comenzar discretos, silenciosos, desde dentro..

Comienzan con una conversación honesta.

Con un acto de generosidad.

Con una decisión diferente.

Con un instante en que dejamos de reaccionar automáticamente y elegimos responder desde un lugar más consciente.

Pequeños gestos, pequeñas luces —pero suficientes para interrumpir una oscuridad que parecía absoluta.

 

Queridas y queridos, no estamos llamados a esperar que desaparezca toda la oscuridad para empezar a vivir desde la Luz.

Estamos llamados a revelarla precisamente allí donde la oscuridad parece más intensa.

Porque la oscuridad nunca tiene la última palabra.

La Luz ya está ahí.

Y la posibilidad de revelarla siempre está latente en nosotros.

 

 

Con mucho cariño,

Maestra María Magdalena Cuevas.