“Esto me huele mal”: El sentido que no cayó

“ESTO ME HUELE MAL”: EL SENTIDO QUE NO CAYÓ

 

Cuando decimos “esto me huele mal” o “me tinca”, el lenguaje popular recurre a la nariz para referirse a una intuición que llega antes que la razón. No eligió la vista ni el oído, sino el olfato. Para la Kabbalah, tal vez esto no sea casualidad.

Según el Génesis, D´s sopló el aliento de vida en la nariz del primer ser humano, de modo que el alma entró por ahí. En hebreo, réaj (olor) y rúaj (espíritu) comparten raíz, y el Talmud enseña que el aroma es el placer de que goza el alma y no el cuerpo (¿Será por eso que nos gusta poner incienso al meditar o hacer plegaria?).

En la escena del Edén, Eva ve el fruto, lo toma y lo come, y luego junto a Adán, ambos oyen la voz de Dios. Es decir, cuatro sentidos participan de la caída, pero el olfato no aparece. Por eso decimos que el olfato es el único sentido que no cayó.

Pero somos humanos y nos equivocamos igual, muchas veces porque dejamos que lo que se “ve bien” o “suena bonito” acalle esa voz más sabia. Pero atención, porque no todo “mal olor” es intuición: a veces es miedo, prejuicio o costumbre, y aprender a distinguirlos es parte del trabajo interior.

Jeshván, el “mes sin festividades” que comienza a continuación, corresponde al olfato según el Séfer Yetzirá. La invitación es a afinar la nariz del alma, ese pedacito del Edén que conecta con nuestra alma, y todavía nos avisa por donde ir.

Maestra Carolina Castagneto

El amor que no te abandona

El amor que no te abandona

Hay momentos en la vida en que creemos que estar bien significa tener todo bajo control.

Saber qué viene después.
Saber qué siente el otro y cómo va a comportarse.
Saber que aquello que construimos permanecerá.
Saber que nuestros planes van a resultar.

Y también podemos creer que amar significa dar: dar tiempo, atención, cuidado, comprensión, ceder, sostener y por sobretodo “estar disponibles”, hacer espacio para el otro. Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos:

¿Desde dónde estoy dando?

Porque no todo dar nace del amor. A veces damos desde la abundancia, pero otras veces damos desde el miedo. Damos para ser queridos, para ser necesarios, para evitar un conflicto, para que alguien no se aleje. Damos esperando, secretamente, que aquello que entregamos nos asegure un lugar en el corazón del otro.

Y entonces el dar, que podría ser expansión, comienza lentamente a vaciarnos. La Kabbalah nos enseña que recibir y compartir no son fuerzas enemigas. Necesitamos aprender a recibir para poder convertirnos en un canal verdadero de Luz.

Por eso, amor propio no significa elegirnos en lugar de los demás. Significa aprender a incluirnos entre aquellos a quienes amamos.

Escucharnos.
Respetar nuestros límites.
Reconocer lo que necesitamos.
Dejar de abandonarnos para evitar que otro nos abandone.

Entonces algo cambia. Ya no doy para que me amen. Doy porque hay amor en mí. Ya no cuido al otro olvidándome de mí. Puedo cuidarlo sin desaparecer. Ya no necesito controlar el vínculo para sentirme segura. Puedo amar dejando espacio. Y quizás allí se encuentran el amor propio y la confianza.

Hay una imagen hermosa en estos días de Sucot: durante un tiempo dejamos la solidez de nuestras estructuras habituales y entramos en un espacio más frágil, más abierto, donde incluso podemos mirar el cielo a través del techo.

Tal vez esa fragilidad nos viene a recordar que no todo lo que nos protege son paredes. A veces nuestra mayor protección es saber que podemos permanecer con nosotros mismos aun cuando afuera algo cambie. Y quizás por eso esta época está asociada precisamente con la alegría.

Tal vez el trabajo de estos días sea preguntarnos:

¿Estoy dando desde el amor o estoy dando para conseguir amor?

Porque cuando aprendemos a habitar nuestro propio espacio interior, el amor deja de ser una búsqueda desesperada de algo que otro debe entregarnos. Se transforma en algo que podemos compartir.

Con Cariño

Maestra Claudia Vásquez de Tevah

 

El tiempo de recibir con alegría

El tiempo de recibir con alegría

 

Hay momentos en que el trabajo espiritual se trata de hacer.

 

Revisar, ordenar, reparar, mirar lo que debemos corregir, arrepentirnos, pedir perdón, tomar decisiones y reconocernos con humildad ante el Creador y ante nosotros mismos.

 

Y hay otros momentos en que el movimiento cambia.

 

Sucot llega después de uno de los períodos más hermosos e intensos del calendario hebreo. Rosh Hashaná abre el proceso de juicio y revisión; los días siguientes nos llevan hacia la teshuvá, a volver, corregir y reparar; y en Yom Kipur se sella aquello que ha sido determinado para el nuevo ciclo.

 

Y después de todo ese recorrido, llega Sucot.

 

Desde la mirada cabalística, Sucot es el momento en que aquello que nos ha sido otorgado comienza a descender y a tomar forma en nuestra realidad.

Ya no estamos principalmente frente al Creador siendo juzgados. Entramos bajo la sucá y nos disponemos a recibir.

 

Y se nos pide hacerlo con alegría.

 

Sucot es Zman Simjateinu, el tiempo de nuestra alegría.

 

Esto me parece hermoso de Sucot: la alegría no viene solamente porque vamos a recibir o porque ya estamos recibiendo.

 

La alegría es parte de la manera en que recibimos.

 

Cuando comienza Sucot todavía no sabemos cómo se va a manifestar durante el año aquello que nos ha sido otorgado.

Y aun así, celebramos.

 

No porque sepamos que todo va a ocurrir como queremos o como se lo pedimos a Di’s, sino porque ya hicimos la parte que nos correspondía y confiamos en que recibiremos exactamente aquello que necesitamos.

Y quizás ahí está una de las claves de Sucot: poder pasar de la revisión a la confianza. De hacer nuestra parte a permitirnos recibir. Y recibir no desde la expectativa de que las cosas ocurran como queremos, sino desde la alegría de saber que algo nuevo comienza a desplegarse para nosotros y que trae consigo lo que necesitamos para seguir creciendo, aprendiendo y acercándonos a Hashem.

 

Después del juicio, la revisión y la teshuvá, Sucot nos lleva

al tiempo de recibir y de hacerlo con alegría.

 

Con mucho cariño,

Maestra María Magdalena Cuevas.

Una página en blanco tiene infinitas posibilidades

Una página en blanco tiene infinitas posibilidades

 

Empieza un nuevo año y nos preguntamos, quizás -una vez más-, cómo hacemos para que nuestra vida esté más alineada con la voluntad de nuestra alma, traducción de “tener una vida más satisfactoria”. Muchas veces hemos errado, nos hemos identificado con condicionamientos sociales y hemos tomado partidos. Y también nos hemos sentido culpables por ello, con suerte, cada vez menos. Sin embargo,una de las cosas más simples, y, al mismo tiempo, difícil de mantener en mente, es saber que en cada instante de tu vida tienes la oportunidad de volver a ser.

 

Esta última frase es clave para nuestro desarrollo espiritual y el crecimiento de nuestra alma, y, por supuesto, la Torá nos ilumina al respecto. En el libro de Shemot, cuando Hashem se le presentó a Moisés en la Zarza ardiente y le pidió que fuera a rescatar a su pueblo de Egipto, Moisés le preguntó sobre quién le diría al Faraón que era su Dios, y Él respondió “Ehyeh Ashér Ehyeh” (אֶהְיֶה אֲשֶׁר אֶהְיֶה). 

 

El hebreo es un idioma interesante, no existe el tiempo presente del verbo “ser”, por lo que la traducción más aceptada de este nombre de Dios sería “seré el que seré” o su forma continua “estoy siendo el que estoy siendo”.

 

Si nos detenemos un momento y lo pensamos un poco, este nombre parece indicar que nuestro Dios creador, quien nos hizo a su imagen y semejanza, en cada momento se está creando, por lo tanto, nosotros también tenemos la posibilidad de crearnos en cada momento. Cada instante de nuestra vida es como una página en blanco, y, a su vez, presenta un potencial infinito.

 

Suena lindo, sin embargo, ¿cómo hacemos cuando caemos?, o, cuándo a pesar de nuestras intenciones pareciera que no podemos avanzar. Siempre recuerdo algo que hace muchos años me dijo un ex-compañero de trabajo, ahora amigo, “cuando los basquetbolistas van a saltar para encestar, primero flexionan las rodillas, porque cuando lo hacen pueden saltar más alto. Es decir, primero hay que bajar, para poder subir y crecer más”. 

 

La Kabbalah no nos habla de la perfección y una quietud perpetua, por el contrario, nos habla de infinitas posibilidades, de bajar para subir, de esforzarnos para merecer, de vaciar para llenar y de destruir para crear. Y la mejor parte, es que somos siempre nosotros quienes tenemos el lápiz en la mano para escribir ese relato que se parece más a nosotros. 

 

Entonces volvemos al principio, ¿cómo hacemos para que esa historia donde estamos “siendo” sea lo más cercana a la voluntad de nuestra alma? La respuesta más evidente es cuando nos acercamos a Hashem, cuando decidimos ser una unidad con Él, pareciéndonos a Él, hablanco con Él, usando nuestros dones para compartir y cuando servimos sin importar a quién.

 

Que Dios nos ayude a elegir bien, de aceptar el vacío para poder llenarlo, de recibir para compartir, de destruir (el ego) para crear, de parar para avanzar, de bajar para subir y de soltar para ser.

 

¡Shaná Tová Umetuká! ¡Feliz año 5787, queridos compañeros kabbalistas!

 

Con mucho cariño,

M. Guía Leah Salazar

Reflexión antes de Rosh Hashaná

Estamos a pocos días de Rosh Hashaná, y quizás una de las ideas más hermosas que podemos llevar con nosotros es recordar que el juicio del Creador nunca ocurre separado de Su amor.

La Parashá Vayelej, leída justo previo a Rosh Hashaná, parece esconder este secreto de una manera extraordinaria.

En el quinto versículo, Moshé recuerda a Israel los mandamientos relacionados con los pueblos de Canaán que deberán enfrentar al entrar en la Tierra prometida;

“Cuando Dios les dé a ustedes poder sobre [estas naciones], deben hacerles a ellas conforme a todo el mandamiento que les he prescrito” – Vayelej 31:5

Pero la Kabbalah interpreta en esas naciones una imagen de nuestras fuerzas emocionales que no hemos logrado rectificar: miedo, ira, orgullo, resentimiento, etc.

Y es justamente ahí, dentro de las palabras ככל המצוה — “conforme a todo el mandamiento”, que aparece escondida la gematría 216, el valor de Guevurá — גבורה.

La Guevurá que es la fuerza equivalente necesaria para enfrentar aquello que el Eterno nos pidió corregir pero que todavía seguimos alimentando.

Pero no es una Gevurá que quema, porque el versículo siguiente cambia completamente la escena. Israel estando frente a una tierra nueva y con enemigos delante de ellos, Moshé a punto de dejarlos les dice:

“Sed fuertes y valientes; no temáis… porque Hashem tu Dios es Él quien camina contigo; no te dejará ni te abandonará.” – Vayelej 31:6

Y justamente en las palabras הוא ההלך — “Él es quien camina” se revela la gematría 72, el valor de Jésed — חסד.

Qué lugar más perfecto para encontrarlo.

Jésed no aparece diciendo que no habrá batalla, tampoco aparece prometiendo que no habrá juicio. Aparece revelando que el Creador camina contigo mientras atraviesas ambos.

Eso mismo ocurre ahora, en nuestras propias vidas.

Durante Elul, el Rey estuvo “en el campo”, cercano, acompañándonos en nuestra Teshuvá. En Rosh Hashaná ese mismo Rey se sienta en Su trono y llega el Din: la medida sobre aquellas emociones y conductas que todavía necesitan ser rectificadas.

Pero no es otro Rey. El Creador que nos juzga es el mismo que caminó con nosotros.

Por eso podemos entrar a Rosh Hashaná sin miedo. Porque detrás de la Guevurá sigue habiendo Jésed; detrás de la medida sigue estando el amor; y detrás de cada corrección existe la posibilidad de comenzar nuevamente.

Y ese Jésed seguirá acompañándonos hasta Yom Kipur, cuando aquello que fue inscrito en Rosh Hashaná busque su sello. Incluso allí el Creador nos concede la posibilidad de hacer Teshuvá, endulzar el Din y transformar el juicio en una nueva oportunidad de vida.

Que todo juicio encuentre dulzura, que toda corrección abra una puerta de luz y que todos seamos inscritos para un año lleno de amor, bendición y de paz.

Shaná Tová Umetuká.
Yosef Ben Ahavá

Elul: una invitación a volver al corazón

Elul: una invitación a volver al corazón

El mes de Elul llega como una invitación a mirar hacia adentro, a conectar con nuestro corazón..
A detenernos un momento en medio de la rápida carrera de lo cotidiano, en medio del modo piloto automático y preguntarnos, con toda honestidad y sin juicio: ¿cómo estoy viviendo?, ¿qué necesito transformar en mí?, ¿qué limitación o patrón condicionante ya no quiero seguir sosteniendo?

Mirar hacia adentro desde la perspectiva de la Torá y la Kabbalah, no significa quedarnos atrapados en lo que hicimos o dejamos de hacer, sino todo lo contrario. Significa abrir un espacio para reconocernos, para transformar aquello que nos aleja de nuestra verdadera esencia, de aquella libre de miedos, de patrones y de las limitaciones de nuestro yetzer harrá (nuestra inclinación negativa).

Porque cada transformación profunda es, en el fondo, un regreso a casa.
Un regreso al corazón.
A lo esencial.
A quienes realmente somos.

Quizás esa sea una de las grandes invitaciones de Elul: volver a nosotros mismos, no para intentar ser alguien diferente, sino para recordar quiénes somos debajo de todo aquello que hemos aprendido, acumulado y construido.

Elul nos recuerda que el volver a nosotros mismos lo podemos comenzar hoy y hacerlo paso a paso, en algo tan sencillo como una pausa, una conversación, una elección, una mirada más consciente.
¿Cómo estoy hablando con las personas que amo?
¿Qué antigua versión de mi estoy sosteniendo que ya podría soltar?
¿Desde dónde estoy tomando mis decisiones?
¿Dónde estoy actuando desde el miedo, y dónde desde la confianza, desde la Emuná?
¿Hay alguien a quien necesito pedir perdón? ¿O quizás a quien necesito perdonar?

Este regreso puede ocurrir mientras preparamos el desayuno, caminamos por la calle, respondemos un mensaje, escuchamos a un ser querido, trabajamos, descansamos o simplemente guardamos unos minutos de silencio.

Recordemos que lo espiritual no está separado de la vida, sino justamente en la manera en que habitamos cada instante, en mirar nuestra vida con más conciencia y menos juicio. Reconocer lo que necesita reparación, agradecer lo que sí está floreciendo y abrir espacio para aquello que todavía quiere transformarse.

Que este Elul nos encuentre con el corazón abierto, con la valentía de mirarnos con honestidad y con la certeza de que cada día nos ofrece una nueva oportunidad de acercarnos a la versión más verdadera de quienes somos, la cual puede ser justamente nuestra mejor versión.

Queridos todos, que Hashem nos brinde el regalo de transformar la mirada y, desde ahí, transformar nuestra manera de vivir.


Jodesh Elul Sameaj Umeboraj

Maestra Diana Yael Rubinstein Muchnik

CORRER PARA RECIBIR AL REY SIN DEMORA

CORRER PARA RECIBIR AL REY SIN DEMORA


“Preparad el trono sagrado” (Zohar)


Esta semana recibimos la luna nueva de Elul, el mes de virgo, y con la llegada de este mes, comienza una aventura maravillosa de 30 dias, que no podemos desaprovechar.


El mes de Elul es simbolizado por el mazal de la Betulá, la doncella pura; que en realidad representa nuestra alma. Pero si pensamos con objetividad en el estado de nuestra alma, puede que no siempre tengamos la sensación de que goce de toda la pureza que pudiéramos desear. Sabemos que los errores, transgresiones y cortocircuitos afectan y manchan nuestro estado espiritual, pero este mes viene a recordarnos que eso es algo que podemos cambiar.


Lo que los errores impurifican son las vestimentas de nuestra alma, y si bien todo el tiempo podemos recuperar su pureza, este es el mes más indicado para hacerlo, porque recibimos ayuda adicional del Cielo. La lavadora de las vestimentas del alma se llama Teshuvá, una palabra que significa arrepentimiento y al mismo tiempo retorno. Y este mes se trata de eso. ¿De volver al Creador cómo? Limpiando nuestras ropas a través del proceso de arrepentimiento y corrección de nuestros actos erróneos, pedir perdón, rectificar, reparar y cambiar. Ese proceso nos acerca de nuevo a HaShem y nos permite recuperar la pureza de nuestra alma.


Los sabios nos dicen que en Elul “el Rey está en el campo”, simbolizando que durante este mes disminuyen al mínimo las trabas para que cada alma se reconecte con su Creador. Cualquier “campesino” (como nosotros) tierne acceso libre al Rey, si de verdad lo quiere. Y cuando el Rey es además nuestro Amado Padre, la urgencia, necesidad y deseo por reencontrarse con El, aumenta y esta oportunidad necesita ser aprovechada al máximo.
Por último, Elul tambien es el acrónimo de «Aní leDodí veDodí li», una frase del “Cantar de los Cantares” que significa “yo soy para mi amado, como mi amado es para mí”. Revelando que este mes es uno de encuentro amoroso profundo del alma con HaShem, y que si damos el primer paso (yo soy para mi amado…) tendremos la respuesta amorosa de vuelta que esperamos (como mi Amado es para mí…).


¿Cómo sintetizar información tan relevante para todos entonces? ¡¡¡Esta semana corre para preparar el encuentro con tu Rey, tu, Padre, tu Creador, tu Amado!!! No pierdas un solo segundo los 30 dias de Elul (y desde antes) para preparar tu casa (alma) y tus vestimentas, para que estén limpias, hermosas y dignas de tan esperado encuentro. No hay mancha en tu alma que no tenga solución con una Teshuvá profunda y verdadera. Y como parte de los preparativos en los que estaremos todos los 30 dias del mes: aumenta tu plegaria personal, aumenta tu Tzedaká, pide perdón y corrige todo lo que esté en tus manos; y haz todo lo que tu alma te inspire de bueno a hacer para recibir al Rey de mejor forma. Despues de esos 30 dias, volveremos a coronar a nuestro Rey y nosotros estamos a cargo de preparar Su Trono. ¡No te demores! ¡Que tengamos todos el mérito de invertir nuestro tiempo, energía y acciones en esta maravillosa tarea, todos juntos!

Con cariño
Maestra Elisheva Solar

Vivir la espiritualidad cuando todo está bien

Vivir la espiritualidad cuando todo está bien

Es fácil pensar que la espiritualidad se activa solo frente al dolor o la crisis: se reza cuando algo falla, se busca sentido cuando algo se rompe. Pero ¿qué pasa cuando no hay nada que reparar? La Kabbalah propone una idea menos intuitiva: la espiritualidad no es solo reparación de lo dañado, sino también la elevación de lo cotidiano. Es decir, encontrar sentido en la calma tanto como en la lucha.

Esto cambia la pregunta. Ya no es “¿Cómo salgo de este problema?”, sino “¿Cómo aprovecho espiritualmente este momento en que no hay ningún problema?”. Y ahí aparece un obstáculo típico en espiritualidad: la culpa. Muchas personas viven el descanso y el placer como algo que hay que ganarse con dolor o justificar después, como si el disfrute fuera una pausa permitida solo si antes se sufrió lo suficiente.

Dormir hasta tarde sin culpa, quedarse en la cama un rato más sin pensar en todo lo pendiente, o disfrutar de una comida simplemente porque es rica (no por hambre ni por necesidad) pueden vivirse como actos legítimos en sí mismos, no como excepciones que hay que compensar o “pagar” con más esfuerzo después.

La tradición Kabbalista enseña que el placer no es un desvío del camino espiritual, sino parte constitutiva de él. No hay que “ganárselo” primero. Disfrutar sin culpa es, en el fondo, un acto de confianza: creer que uno merece estar bien aquí y ahora, sin necesitar una razón especial para permitírselo.

La invitación entonces, es a no sólo buscar a D’s en el sufrimiento, sino también a ser capaces de encontrarlo cuando todo, simplemente, está bien.

Amén

Con amor,

Maestra Carolina Castagneto

Tu B’Av: Amar es aprender a mirar con los ojos del alma

Tu B’Av: Amar es aprender a mirar con los ojos del alma

 

Cuando pensamos en el amor, solemos imaginar emociones intensas, mariposas en el estómago o la felicidad de encontrar a alguien especial. Sin embargo, la Kabbalah nos invita a hacer una pregunta mucho más profunda:

¿Qué es realmente amar?

La mayoría de nosotros comenzamos nuestras relaciones desde el deseo de recibir: buscamos a alguien que nos haga sentir completos, seguros, valorados o felices. Y aunque eso es profundamente humano, también es frágil. Porque cuando el otro deja de satisfacer nuestras expectativas, el amor parece desaparecer.

La Kabbalah propone un camino diferente. Nos enseña que el amor no nace cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando aprendemos a mirar al otro con los ojos del alma. Amar significa salir, aunque sea por un instante, del centro de nuestro propio universo para reconocer la chispa divina que existe frente a nosotros.

Quizás por eso Tu B’Av llega pocos días después de Tishá BeAv. Primero enfrentamos la experiencia de la separación, de las divisiones y del odio gratuito. Solo después de reconocer aquello que rompe los vínculos, estamos preparados para reconstruirlos desde un lugar más elevado.

El amor auténtico no elimina las diferencias. Las abraza. No exige perfección. Acepta la humanidad. No busca poseer. Busca acompañar.

Tal vez el mayor acto de amor no sea decir “te necesito”, sino “quiero contribuir a que la mejor versión de tu alma pueda manifestarse”.

Y esa enseñanza no se limita a la pareja. Se aplica a nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo e incluso a quienes nos cuesta comprender. Cada encuentro con otra persona nos ofrece la oportunidad de trascender el ego y practicar el arte de ver más allá de las apariencias.

En Tu B’Av podríamos preguntarnos: ¿A quién estoy mirando solo desde mis expectativas y no desde su esencia? Porque, al final, amar no consiste únicamente en encontrar a alguien que ilumine nuestro camino. Consiste también en convertirnos en una persona capaz de llevar luz a la vida de los demás.

Que este Tu B’Av nos recuerde que el amor más profundo no comienza cuando alguien llega a nuestra vida. Comienza cuando nuestro corazón aprende a ver con los ojos del alma.

Con cariño,

Maestra Claudia Vásquez

La oscuridad nunca tiene la última palabra

La oscuridad nunca tiene la última palabra

 

Vivimos en una cultura que suele asociar la oscuridad con la ausencia. Ausencia de respuestas.

Ausencia de certeza, de emuná.

Ausencia de sentido.

Ausencia, incluso, de Di’s.

 

Sin embargo, desde la Kabbalah sabemos que la oscuridad no es la ausencia de Luz, ni un lugar donde la Luz ha desaparecido.

La oscuridad es el lugar donde la Luz todavía no ha sido revelada.

 

Y esta es una diferencia sutil, pero poderosa para comprender los momentos difíciles.

Porque si la Luz realmente desapareciera, no habría nada que hacer.

No existiría posibilidad de transformación, ni aprendizaje, ni crecimiento.

 

Lo que cambia es nuestra capacidad de verla, de recibirla y revelarla.

Por eso nuestros momentos de mayor oscuridad no son necesariamente los momentos de mayor distancia respecto de la Luz, son precisamente, los momentos en que la posibilidad de revelarla es mayor.

 

Pensemos en una habitación completamente oscura.

Durante el día, una pequeña vela apenas es perceptible, pero cuando todo está oscuro, esa misma llama cambia por completo la experiencia del espacio.

 

La oscuridad no vence a la Luz. Es la Luz la que rompe la oscuridad.

Y para hacerlo no necesita ser inmensa.

 Necesita, simplemente, estar presente.

 

Quizás por eso los grandes procesos de transformación suelen comenzar discretos, silenciosos, desde dentro..

Comienzan con una conversación honesta.

Con un acto de generosidad.

Con una decisión diferente.

Con un instante en que dejamos de reaccionar automáticamente y elegimos responder desde un lugar más consciente.

Pequeños gestos, pequeñas luces —pero suficientes para interrumpir una oscuridad que parecía absoluta.

 

Queridas y queridos, no estamos llamados a esperar que desaparezca toda la oscuridad para empezar a vivir desde la Luz.

Estamos llamados a revelarla precisamente allí donde la oscuridad parece más intensa.

Porque la oscuridad nunca tiene la última palabra.

La Luz ya está ahí.

Y la posibilidad de revelarla siempre está latente en nosotros.

 

 

Con mucho cariño,

Maestra María Magdalena Cuevas.