“ESTO ME HUELE MAL”: EL SENTIDO QUE NO CAYÓ
Cuando decimos “esto me huele mal” o “me tinca”, el lenguaje popular recurre a la nariz para referirse a una intuición que llega antes que la razón. No eligió la vista ni el oído, sino el olfato. Para la Kabbalah, tal vez esto no sea casualidad.
Según el Génesis, D´s sopló el aliento de vida en la nariz del primer ser humano, de modo que el alma entró por ahí. En hebreo, réaj (olor) y rúaj (espíritu) comparten raíz, y el Talmud enseña que el aroma es el placer de que goza el alma y no el cuerpo (¿Será por eso que nos gusta poner incienso al meditar o hacer plegaria?).
En la escena del Edén, Eva ve el fruto, lo toma y lo come, y luego junto a Adán, ambos oyen la voz de Dios. Es decir, cuatro sentidos participan de la caída, pero el olfato no aparece. Por eso decimos que el olfato es el único sentido que no cayó.
Pero somos humanos y nos equivocamos igual, muchas veces porque dejamos que lo que se “ve bien” o “suena bonito” acalle esa voz más sabia. Pero atención, porque no todo “mal olor” es intuición: a veces es miedo, prejuicio o costumbre, y aprender a distinguirlos es parte del trabajo interior.
Jeshván, el “mes sin festividades” que comienza a continuación, corresponde al olfato según el Séfer Yetzirá. La invitación es a afinar la nariz del alma, ese pedacito del Edén que conecta con nuestra alma, y todavía nos avisa por donde ir.
Maestra Carolina Castagneto




