El gran carruaje - Fundación Kabbalah

El gran carruaje

“… Y fue un placer a sus ojos…” (Génesis 3:6).
 

La malvada serpiente, la Mala Inclinación, fácilmente sedujo a Eva para que comiera del fruto del árbol prohibido, el Árbol del Conocimiento, después de que ella se deleitó con el aspecto externo del árbol. A partir de esto aprendemos una gran lección para la posteridad: que el fulgor externo distrae a la persona de la verdad intrínseca. Una vez que el árbol pasó a ser “un placer a sus ojos”, Eva se olvidó por completo de la orden explícita de Hashem: que no debían comer de sus frutos, si bien ella tenía otras tantas decenas de árboles permitidos cuyos frutos sí podía comer. Eso es característico de la serpiente: tomar lo prohibido y hacer que tenga un aspecto sofisticado y seductor, para hacer que uno transgreda. Esa misma serpiente, también llamada la Mala Inclinación, es el mismo ángel acusador que luego va y acusa al transgresor en la Corte Divina.

La siguiente parábola del carretero y el hijo del mercader nos va a ayudar a comprender el modus operandi de la Mala Inclinación:
Había una vez un acaudalado mercader que tenía gran éxito en sus negocios. Un día el mercader mandó llamar a su hijo de veinte años y le dijo así:

Hijo mío, es hora de que te embarques en el mundo de los negocios en forma independiente, no como empleado mío, porque el hombre que se hace a sí mismo se siente mucho más realizado que el hijo del jefe, que crece con la cuchara de plata en la boca. Te doy de regalo estos 120 rublos y te propongo que los inviertas en la mejor mercancía – lana y trigo-  porque nosotros  tenemos una calidad y un precio mucho mejores que los del mercado de Leipzig. Ahora escucha muy bien lo que te voy a decir: contrata a un carretero de confianza que tenga una carreta fuerte y dos mulas robustas. Lleva la mayor cantidad de mercancía que puedas y con las ganancias que obtengas, vas a poder empezar tu propio negocio.»

El hijo del mercader fue a la plaza donde estaban apostados todos los carreteros esperando que les ofrecieran trabajo. De repente, el joven sintió que le daban una palmadita en el hombro. Al darse vuelta, vio a un caballero muy bien vestido, que no se parecía en nada a los demás carreteros. Esta persona más bien parecía el chofer del monarca, pues iba vestido con uniforme rojo y adornos dorados. No muy lejos de él estaba su caballo, que iba atado a un carruaje digno de un rey.

“Veo que estás buscando un conductor”, dijo el hombre uniformado. “¿Adónde te diriges?”. Y el joven le contó de sus planes.
“Eso es una tontería”, dijo el carretero. “¿Acaso quieres viajar en una carreta destrozada en medio de dos mulas decrépitas? ¡Si tú eres el hijo de un mercader acaudalado! ¡Te mereces algo mucho mejor! ¡Mira qué carruaje espléndido te está esperando! ¡Aaaahhh…. ese sí es digno de alguien como tú!»

“¿Pero qué pasa con la mercancía? ¿Cómo se puede poner mercancía en este carruaje tan lujoso?”.

“Ah…. Muy buena pregunta!”, respondió el conductor de mucha labia, sacándolse del bolsillo un pañuelo que envolvía un montón de piedras refulgentes… “Para comerciar con diamantes, no hace falta cargar con pesados fardos de trigo en la espalda. Ni tampoco hace falta tratar con pastores analfabetos. No hacen falta ni carretas ni mulas….Ah, sí, y con respecto al carruaje, esta es la clase de carruaje en la que viajan los negociantes de diamantes…”.
 
El hijo del mercader, que era joven e ingenuo, se olvidó de todo lo que le había enseñado su padre. Y así fue como contrató al conductor y le compró los “diamantes”, gastándose la mitad de todo el dinero que le había regalado su padre.

Y así fue como ambos partieron rumbo a Leipzig. La primera etapa del viaje fue literalmente “sobre ruedas”. Cada vez que pasaban por un pueblo y el joven veía la mirada de los pobres, pensaba para sí mismo: “Qué suerte que tengo… Podría haberme pasado toda la vida detrás de dos mulas en vez de viajar en un carruaje lujoso…”.

Pero su deleite no le duró mucho. A los pocos metros el joven se golpeó fuertemente la cabeza contra el techo del carruaje, que resultó ser solamente un pedazo delgado de la fórmica más barata. El muchacho sintió un tremendo dolor en la cabeza y en el cuello, y le gritó exasperado al conductor: “¿Y eso qué fue?”.

“Son los baches del camino…”.

El cielo se oscureció y las negras nubes lo cubrieron por completo. Entonces empezó a llover en forma torrencial y los baches se transformaron en cráteres llenos de agua. El pobre muchacho, empapado, le rogó al conductor que tomara otra ruta diferente. “No hay ningún problema”, respondió él, que extrañamente estaba perfectamente seco. Así fue como doblaron a la derecha y se toparon con una manada de osos temibles. Entonces doblaron a la izquierda, pero se toparon con una banda de ladrones que le robaron al hijo del mercader los 60 rublos que le quedaban.

El carruaje y su conductor se esfumaron. Empapado, con un terrible dolor de cabeza y la ropa toda rasgada, el hijo del mercader se quedó completamente solo. Por suerte, los ladrones no le robaron los “diamantes”. Pero ahora tenía un trayecto de treinta kilómetros hasta Leipzig.
Hambriento, exhausto, todo embarrado y sin un centavo, el hijo del mercader llegó a la feria de Leipzig. Allí les preguntó a los vecinos dónde podía encontrar negociantes de piedras preciosas, pero al ver a ese pobre vagabundo y pensando que se trataba de un ladrón, ellos llamaron a un policía: “Está usted bajo arresto”, le dijo sin más preámbulos.

Pero entonces el hijo del mercader miró al policía a los ojos y, reconociendo al conductor del carruaje, exclamó, totalmente estremecido: “¡Usted no es ningún policía”! ¡Usted es un impostor!”.

“Aquí en Leipzig, insultar al jefe de policía es un crimen muy grave, como lo es la vagancia y el tráfico de diamantes falsos. ¡Directo a la cárcel!”. El policía le hizo vaciar los bolsillos y allí estaban … los falsos diamantes.

“¡Pero usted mismo fue el que me los vendió!”, exclamó el joven, sin poder creer lo que estaba sucediendo…
“¿Otro insulto más, eh? ¡Derecho a la cárcel!”.
 
***
En vez de hacerle caso a su sabio padre, el ingenuo joven se dejó llevar por el brillo del carruaje. Y como enseñan nuestros Sabios, hay algunos caminos, como los caminos de Hashem, que al principio son difíciles de transitar pero después son absolutamente lisos, para toda la posteridad. Y hay otros caminos, como el camino de la Mala Inclinación, que al principio son suaves y lisos pero después son trágicos para la posteridad. Y lo que es peor es que la Mala Inclinación tienta a la persona a que peque y después se cambia de uniforme y se convierte en su principal acusador, así como el conductor se transformó en el policía. Por eso, uno siempre tiene que buscar la verdad interior de cada cosa en vez de dejarse engañar por el falso brillo del engaño, pues esa es la clave para una vida plena y feliz. 
 

por Rabino Lazer Brody vía Breslev.co.il

Abrir chat
1
¿Qué necesitas?
¡Hola!,
¿En qué podemos ayudarte?