La fórmula secreta para la felicidad verdadera

Si quieres felicidad, busca conexión.

Acostada en una hamaca colgada entre dos palmeras en una pequeña isla caribeña, yo me sentía en el paraíso. Mi hijo Israel, de 19 años, y yo, teníamos toda la isla para nosotros, a excepción de una única familia de nativos que habitaban en tres chozas con techo de paja al lado este de la isla. Soplaba una suave brisa tropical, el agua del océano era cristalina, la arena de la playa era blanca y lo único que invadía nuestro espacio eran once pelícanos que movían la cabeza de arriba hacia abajo, cerca de la costa.

No, no era un sueño. Había ido a Panamá para dar unas clases y me había tomado un día libre para contemplar la belleza de aquel paraíso tropical. Israel y yo habíamos viajado en un vehículo 4×4 durante dos horas y media en medio de la selva forestal de la costa oriental de Panamá y luego nos habíamos subido a un barco para ir a las islas San Blas. Nos dieron la opción de elegir entre las 350 islas y elegimos esta, que no tenía turistas, ruido ni intromisión de la civilización. Ni siquiera Internet podía penetrar el hechizo de la inmaculada tranquilidad de este espacio mágico que, por un glorioso día, nos pertenecía exclusivamente a nosotros.

Después de disfrutar el desayuno que nos había preparado nuestra anfitriona de la Ciudad de Panamá, Israel y yo fuimos a bucear con snorkel. La isla estaba rodeada por arrecifes de coral que albergaban a miríadas de fantásticos peces tropicales. Después, me acosté en la hamaca mientras Israel iba a recorrer a pie el perímetro de la isla.

“El pináculo de la paz”, pensé. “No hay nada mejor que esto”. Estaba acostada escuchando la brisa soplar entre las palmeras, liberada finalmente de todas las presiones, del trabajo, las agendas y el estrés. “No hay nada mejor que esto”. Mi mente continuó enfocada en esas palabras como si hubieran sido la repetición perpetua del estribillo de una canción exitosa. “No hay nada mejor que esto”.

Yo, sin embargo, soy una de esas personas que se toman el pulso emocional cada media hora. Y cuando lo chequeé, me sorprendió lo que apareció: no estaba feliz. Satisfecha, sí. Relajada, extremadamente. ¿Feliz? No. ¿Cómo podía ser? Estaba viviendo mi fantasía tropical. ¿Cómo podía no estar feliz?

Mastiqué este extraño fallo emocional hasta que volvió Israel. Era su turno para estar en la hamaca. Se la entregué y comencé mi propia caminata por la isla. Vadeé en las cálidas aguas, observé a los pelícanos sumergiendo su pico para cazar peces, encontré una hermosa e inmensa ostra, y disfruté de la vista oceánica que ofrecía la isla. Estaba alucinada y llena de gratitud hacia Dios por permitirme estar en ese exótico lugar, más apropiado para una novela que para un recuerdo. Pero, ¿por qué no estaba sintiendo la felicidad que normalmente enciende mi corazón en mi hogar ruidoso, lleno de molestias, llamadas telefónicas, visitas y emails?

Volví a la hamaca y le sugerí a Israel que fuéramos a bucear nuevamente con snorkel. Nos pusimos las máscaras y nos sumergimos. Desde atrás de un gran coral emergió de pronto un pez cuyo tercio delantero era color turquesa tornasolado. Este pez definitivamente obtuvo el premio al “Pez del día”. Quería que Israel lo viera. Nadé hasta él, le di una palmada en el hombro y le hice un gesto para que me siguiera. Señalé hacia el hermoso pez. Israel lo vio y, a pesar de que el snorkel no le permitía sonreír, me hizo un gesto de aprobación. Estábamos compartiendo la experiencia.

En ese momento, hubo una erupción de felicidad en mi corazón como si fuera un géiser.

Felicidad y conexión

El sabio contemporáneo Rav Shlomo Wolbe escribió: “Toda la felicidad emana de la conexión”.

No de adquirir cosas, ni siquiera el último iPad. Tampoco del placer físico; incluso el mejor chocolate del mundo aburre después del tercer mordisco. Tampoco de la tranquilidad, incluso en una exótica isla perdida. Tampoco de los logros, ni siquiera de tu ascenso a la cima de la compañía. Tampoco de hacer realidad tus fantasías; yo lo hice y no fue suficiente.

Si quieres felicidad, busca conexión.

No es coincidencia que, a medida que la cantidad de personas en el mundo que viven solas ha ido aumentando, también ha ido aumentando considerablemente el número de personas que consumen antidepresivos.

Una persona que vive sola también puede estar muy conectada con otros. Mi suegra, viuda de 95 años, vive sola. Sin embargo, en el día de la madre recibe grandes cantidades de tarjetas, no sólo de sus hijos y nietos, sino que también de sus sobrinos, sobrinas y de los hijos de ellos, de amigos que tienen la mitad de su edad (sus contemporáneos han muerto), compañeros voluntarios en el negocio de regalos del hospital e incluso del dentista que se divorció de su sobrina hace 20 años, con quien Mamá aún mantiene una relación profunda. Y Mamá Rigler, a los 95, es alegre, juvenil y… feliz.

Ok, entendimos la fórmula: conexión=felicidad. Ahora, ¿cómo forjamos conexiones?

La palabra hebrea para amor es ahavá, que viene de la raíz que significa dar. El amor verdadero emana de dar.

Mi suegra forjó todas esas conexiones gracias a una vida entera de dar: sonrisas, alabanzas, tarjetas de cumpleaños, abrazos, una entrada de más para la ópera y (quizás lo más poderoso de todo) agradecimientos de corazón. Ayer, saliendo del hotel de Jerusalem en donde se estaba hospedando (¡sí, hizo un viaje desde Los Ángeles a los 95 años!), pasamos al lado de la persona de limpieza que estaba parada junto a su carrito lleno de sábanas y toallas limpias. Yo hice un gesto de saludo y dije un superficial todá, gracias. Mamá Rigler, por el otro lado, dijo con una voz tan cálida que podría derretir acero y un tono que la mayoría de nosotros reserva para nuestros seres queridos: “Muchas gracias querida”. La empleada sonrió como si hubiese recibido una propina de 10 dólares.

Entonces, si quieres encontrar el paraíso real y duradero, esta es la fórmula infalible del judaísmo: dar=conexión=felicidad.

Funciona incluso bajo el agua, incluso si lo único que estás dando es la imagen de un hermoso pez.

por Sara Yoheved Rigler

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