Elul: El mes para agradecerle a Dios

Estoy parada al borde del bote, con un pesado tanque de aire colgando en mi espalda. El océano refleja el sol del atardecer como si fuese un espejo de fuego. Pensé que estaba lista, pero ahora ya no estoy segura de estarlo. Aprendí cómo debo respirar, cómo comunicarme con mis manos, cómo mantenerme en calma mientras desciendo hacia el fondo del océano, pero ahora en todo lo que puedo pensar es en cuán pesado es el tanque y en cuán indefensa estaré bajo su peso.

El instructor nos dice a gritos, y su voz es amortiguada por el viento: “Ahora déjense caer de espaldas al agua”. Yo titubeo. ¿Cuán hondo voy a hundirme? Las desconocidas profundidades me son invisibles cuando miro por un instante la agitada superficie que choca contra el bote y salpica mis pies con agua congelada. Pero no quiero retrasar al grupo. No quiero ser la única que no puede simplemente darse vuelta y dejarse llevar. Así que lo hago.

Caigo de espaldas desde el borde del bote, y me hundo cada vez más hondo en dirección hacia el fondo del océano. Recuerdo cómo respirar. Miro a los otros buzos nadando a mi alrededor como elegantes sombras. Veo arrecifes de coral con miles de peces multicolores nadando entre ellos. Veo una gigantesca tortuga marina nadando lentamente. Y sobre mí, veo danzar por sobre la superficie un rayo de luz que pareciera provenir de otro mundo. Aquel mundo que hay por sobre nuestro parece estar tan lejano ahora. Aquí, en el fondo del océano, hay tanta calma que puedo escuchar el latido de mi propio corazón. No puedo creer que ayer no sabía que la vida era tan profunda. No puedo creer que casi me rehusé a dejarme llevar, a caer de espaldas, a confiar en que recordaría cómo respirar.

Cuando llega el mes hebreo de elul, me siento como me sentí en aquel momento, parada al borde del bote de buceo. Porque cada día de este mes, Dios se acerca más a nosotros. Nos hace señas para que miremos bajo la superficie y nos dejemos caer de espaldas en sus brazos. Soy para mi amado como mi amado es para mí. Él quiere que nos dejemos llevar y que confiemos en Él. Que usemos el poder de su amor para crecer y cambiar. ¿Pero dónde debemos comenzar?

Yo solía creer que el cambio comienza con fortalecer la voluntad. Pero la voluntad puede ir y venir, dependiendo de cuán cansados, hambrientos o solitarios nos sintamos. ¿Quizás el cambio comienza con cambiar un pequeño hábito? He hecho eso, y es verdad que en un mes la mayoría de nosotros podemos exitosamente cambiar un pequeño hábito, pero elul puede ser tanto más que eso. Dios nos está dando en este mes una oportunidad para ver todo un mundo nuevo. Un lugar mágico, cálido y hermoso que durante todo el año estuvo bajo la superficie de nuestras vidas cotidianas. Él quiere que sintamos cuánto nos ama. Quiere que nos demos cuenta del milagro que es cada respiro que damos. Quiere que prestemos atención a la belleza de la luz del atardecer cuando danza por sobre la superficie. Quiere que oigamos el latido de nuestro propio corazón.

Entonces, ¿cómo podemos acceder a aquel lugar bajo la superficie? Rav Nóaj Weinberg zt’l solía hacer una simple pero fascinante pregunta: Si pones un sobre con un millón de dólares en la casa de una persona pobre, pero esa persona no se da cuenta que el sobre está allí, ¿él es rico o pobre? Si tienes miles de regalos en tu vida pero estás demasiado distraído o deprimido como para verlos, ¿realmente tienes esos regalos? Técnicamente, la persona pobre que tiene el sobre del millón de dólares es rica. Y tú tienes los miles de regalos incluso si no los ves. Pero si no miras en el interior del sobre, no puedes usar lo que tienes. Y quizás este es el lugar por el que debemos comenzar. Probablemente el mayor secreto para cambiar es la gratitud.

Porque cuando estamos agradecidos, nos sentimos conectados. Este es el mes de construir conexiones. Con Dios. Con nuestro prójimo. Con la vida. Y cuando estamos agradecidos, sabemos lo que tenemos. Y nos damos cuenta de todos los regalos que tenemos en nuestras vidas, y podemos utilizarlos para crecer.

Así que este es el mes para decir gracias. Por el primer respiro que das cuando te despiertas por la mañana. Por tus piernas. Por tus brazos. Por tus ojos. Por tus oídos. Por tu vida. Por la luz del sol al amanecer y por los cientos de actos de bondad que Él realiza por nosotros sin que ni siquiera sepamos. Por el accidente de tránsito que no ocurrió porque llegaste cinco minutos tarde. Por la enfermedad mortal que resultó ser benigna. Por el juguete que tu bebé no se tragó. Por el horrible decreto que fue transformado en una serie de pequeños inconvenientes y congestiones vehiculares. Gracias Dios por toda la bondad y la compasión que has puesto en mi vida.

Gracias por los océanos y por las montañas. Por los árboles y por el pasto, y por el color del cielo veraniego al atardecer. Gracias por los amigos, por la familia, y por el amable extraño que recogió las llaves que se me habían caído. Gracias por darme esperanza y potencial y nuevos comienzos. Gracias por este mes de cercanía y luz. Por enseñarnos cómo caer de espaldas en tus brazos, dejar ir nuestros miedos, respirar en medio de la oscuridad.

No puedo creer que ayer no sabía que este mundo existía. Ni siquiera había visto lo que está dentro del envoltorio. Ni siquiera sabía cuánto me amas. Ahora lo sé. Y eso lo cambia todo.

por Sara Debbie Gutfreund

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