Los mendigos

Poner en peligro la propia vida para ayudar a otros

Como cualquier pueblo pequeño, Tzfat tiene sus mendigos profesionales. Ninguno de ellos es borracho, gracias a Di-s, o sin hogar, Di-s no lo permita. Sólo piden para ganarse la vida. Es su trabajo, y trabajan duro en ello. Respetan su horario habitual y cada uno tiene su propio territorio. Algunos de ellos trabajan para las organizaciones religiosas, como el gordito que cojea y lleva una pushke (una jarra para recolectar), o el pequeño ágil y flaco en la midrajov, nuestra adoquinada calle principal. Canta canciones populares en idish y en hebreo, y hasta da vueltas bailando un vals, deseando buen día, gentil y agradecido, dando una berajá, (bendición) y una dulce sonrisa a cada alma generosa. Luego tenemos aquellos que trabajan por cuenta propia, extendiendo su mano o un frasco de plástico sin etiqueta. La mayoría de nuestros mendigos son limpios, aunque estoy seguro de que algunos de ellos creen que van a tener un día de éxito si se ven un poco desprolijos. Pero cada día allí están ellos.
No obstante, hace muchos años les hubiera dar la espalda, sospechando de su necesidad. Una vez le pregunté a mi rabino “¿Cómo puedo saber si realmente necesitan el dinero? Apuesto a que algunos de ellos están mejor que yo.” Su respuesta fue prudente: “Si te piden, entonces lo necesitan, aunque sólo sea en sus propias mentes, y les debes dar. “Así que le doy a todos ellos cada vez que los veo, que es por lo general todos los días, aunque sea sólo diez agorot, nuestra moneda más pequeña, que vale unos tres centavos de dólar, o medio shekel, unos 12 centavos de dólar. Es el mejor negocio del mundo, me imagino, recibo una bendición por unos pocos centavos.
Pero el más sagrado de nuestros ciudadanos de mal aspecto no es un mendigo. La primera vez que lo vi merodeando con su ropa rasgada y vieja, con grandes agujeros en los talones de los calcetines que sobresalían por encima de sus zapatos, pensé que podría ser alguien sin hogar, deprimido y de mente extraviada. Entonces empecé a verlo por los alrededores con regularidad, a menudo sentado en las mesas de café charlando con sus amigos. ¿Estarían dándole de comer, me pregunté?

Enseguida llegaron los Klezmering, el Festival Anual de Música de Tzfat. Decenas de miles de personas acuden a Tzfat cada año para disfrutar de músicos tocando en las calles, en las plazas, en los parques, en todos los rincones de la ciudad. Lo vi allí, en el Klezmer. Pero él no era un espectador. Me sentí atraída por el sonido de la música, y luché a través de la multitud hasta que pude conseguir llegar lo suficientemente cerca para ver lo que estaban mirando. Era él. Estaba bailando. Mijael estaba bailando consigo mismo, entreteniendo a unos cien espectadores, todos cautivados por su gracia y su improvisación. Su cuerpo delgado estaba celebrando el éxtasis de la música. Su viejo rostro bronceado de profundas arrugas brillaba con una luz interior, sus ojos bailando por la alegría de complacer a la multitud. Bailaba como Anthony Quinn en Zorba el griego, con las manos levantadas por encima de su cabeza para acentuar sus movimientos. Un hombre todo vestido de negro se levantó para bailar con él. Allí estaban ambos, joven y viejo, religioso y laico, respetado y despreciado, un iarmulke y una gorra de lana bailando juntos ante la multitud. Mijael estaba poniendo tanto de sí en su baile que me sentí como si estuviera viendo su alma.

Después de eso no lo vi por un tiempo. Hasta que un día vi sólo ese familiar y exhausto gorro de lana amarilla. Al lado de mi casa hay un sitio común en Tzfat, una horvá, una ruina. Destruidos en el último terremoto que devastó la ciudad, departamentos o edificios enteros están allí abandonados, habitados solamente por gatos callejeros y peores criaturas. Iba hacia mi patio a través de la puerta trasera, y de repente la vieja puerta metálica de la horvá se cerró de golpe! Vi una mano que se extendía hacia afuera, dejando la cara y el cuerpo fuera de la vista, para sujetar la pesada cadena y el candado. Pero su sombrero era visible. Era el sombrero de Mijael.

¿Qué debía hacer? No sabía. Tenía miedo de decírselo a alguien, quizás venga la policía y lo desaloje. No había electricidad, ni agua, ni calefacción, no había ni siquiera ventanas. ¿Cómo podía dormir allí en las frías noches de Tzfat? Me imaginé que se duchaba cada día en la sinagoga calle abajo, donde muchos de los hombres iban todas las mañanas para usar la mikve (el baño ritual). Eso explicaría cómo era capaz de verse siempre tan limpio. ¿Era peligroso? ¿Era por su causa que las personas cerraban sus puertas con llave? Yo había oído hablar acerca de “unas cuantas manzanas podridas” en la ciudad. ¿Podría ser uno de ellos? ¿Yo no corría peligro?
Pero yo lo había visto bailar. Otros lo pueden ver con recelo, pero yo lo había visto entregarse a la gente, sin ocultar nada. Decidí dejar las cosas como estaban. El no sabía que yo había reconocido su sombrero. Ya tenía la edad suficiente para recibir seguridad social, pero si quería vivir en una ruina no iba a entrometerme. Iba a guardar su secreto.

El invierno se volvió a la primavera, y rápidamente verano. Poco a poco, me di cuenta de que casi todos en el pueblo sabían que Mijael estaba viviendo en la horvá al lado de mí casa. Dicen que trabaja. Así que en vez de vago es un excéntrico. Pero hay una historia más que tienen que escuchar de él, la mejor historia de todas.
Mijael vio a un amigo un día que estaba sentado en un café al aire libre. Estaba llorando, con la cabeza sobre la mesa enterrada bajo sus brazos. Mijael se sentó a consolarlo y le preguntó qué le pasaba. El amigo le dijo que estaba en un montón de problemas. Se había divorciado y no había pagado la pensión alimenticia. No la había pagado en años, y ahora las autoridades estaban tras él. Necesitaba cerca de u$s 20.000 de inmediato o iría a la cárcel. Mijael metió la mano en el bolsillo del estropeado, sacó un billete de loto gastado y arrugado. Manoseándolo con sus dedos por centésima vez, se lo mostró a su amigo. Mijael le dijo: “Mira esto, no tienes que llorar más, no tienes que ir a la cárcel, me gané el loto. Es un boleto ganador que vale $20.000. Durante toda la semana me he estado preguntando ‘¿Para qué me lo gané?’ Yo sabía que no necesitaba el dinero, por eso pensé que debía haber alguna buena razón para que lo gane. Bueno, debe ser por esto, así que toma el billete y tus problemas han terminado”.
Tal vez te estás preguntando si la historia es cierta o no. En realidad, no importa tanto. Lo que es más importante es que la gente de aquí cuenta este tipo de historias. Nos dice mucho sobre el tipo de personas que viven en Tzfat. Incluso nuestros vagabundos y mendigos son santos. Tal vez son los más santos de todos.

Fuente: dimensiones.org

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