¿Por qué es tan difícil definir la muerte?

La muerte no debe ser difícil de definir.

Mientras que esto puede sonar bastante franco, la mayoría de la gente no lo comprende. Hasta los grandes pensadores se pierden en la espesura de lo físico que no son capaces de distinguir entre ellos y la forma que ocupan temporalmente. Como un ejemplo, uno de los grandes debates morales dentro de la medicina de hoy es la definición de la muerte. ¿Es cuando el corazón deja de latir? ¿Es cuando ya no hay actividad de ondas cerebrales? ¿Y qué sucede con una persona que es mantenida con un respirador en coma vegetativo durante diez años? ¿Está viva o muerta?

La muerte no debe ser difícil de definir. Es cuando el espíritu, la esencia de la persona, ya no ocupa su cuerpo. Mientras estés ocupando tu cuerpo, estás vivo. Una vez que dejas el cuerpo, estás muerto. ¿Qué tiene de complicado?

La razón por la que la muerte es difícil de cuantificar es que la ciencia resulta muy efectiva para medir las propiedades físicas. ¿Cuánto tiempo? ¿Qué tan denso? ¿Qué tan caliente? ¿Qué tan distante? Pero tú no eres físico. Tu cuerpo es físico. Tú no. Estamos tan acostumbrados a mezclarnos con nuestros cuerpos que nos cuesta trabajo recordar que son entidades separadas. Entonces al final terminamos aplicando medidas físicas a algo que no existe en esa dimensión.

Es como intentar pesar la luz. Si alguien te preguntara: “¿Cuántos kilos pesa un rayo de luz?”, lo mirarías de forma extraña. Podemos medir la luminosidad. La candela es una medida estándar conveniente de referencia. Pero el peso es un criterio equivocado para medir la luz. Del mismo modo, no podemos utilizar atributos físicos para medirte a ti. No podemos poner “tu esencia” dentro de un tubo de ensayo, agregarle colorante rojo, calentarlo y observar de qué color se tiñe. El cuerpo es medible en términos físicos. La presión sanguínea es cuantificable. La eficiencia respiratoria puede ser calculada. Los niveles de gas en la sangre pueden ser determinados. ¿Pero qué pruebas puedes hacer para saber si aún estás ahí? Tú no eres físico, y cualquier intento por medir tu yo con algún criterio físico fallará. Por tanto, así como el peso no es relevante para la luz, la muerte no es aplicable para ti. La muerte se aplica para la vida física. Así que mientras el cuerpo muere, tú permaneces vivo.

Yo no soy el cerebro

Sin embargo, hay un paso más que debemos dar para comprender totalmente este concepto. Cuando comenzamos este proceso de relacionarnos con nuestro cuerpo y con nosotros mismos como entidades separadas, mucha gente se queda con la mirada en blanco, ya que estas ideas son tan extrañas para ellas como el polvo de la luna. Después de un tiempo, comienzan a relacionarse con sus cuerpos como una capa exterior, una funda, una herramienta que utilizan. Entonces llega el momento del ¡Ajá! Como un foco de luz que se enciende, sus rostros se encienden de emoción y gritan: “¡Ya lo entendí! ¡Ya lo entendí! Yo no soy mi cabeza. No soy mi pecho. No soy mi espalda. ¡Ni siquiera soy mi corazón! Finalmente lo entendí. ¡Yo soy mi cerebro! ¿Correcto?”.

¡Incorrecto! Cuando entierran al cuerpo, el cerebro es enterrado con él. Justo como tú no eres la cabeza ni el pecho, tampoco eres el cerebro. El cerebro es el órgano con el que tú piensas. Es algo que utilizas para filtrar tus experiencias, pero no eres tú. Este es un paso muy significativo. Hasta tu cerebro es físico.

Un flashazo de intuición

¿Alguna vez has tenido un flashazo de intuición? Fue difícil de explicar; simplemente supiste algo. Quizá fue una corazonada, una idea, pero estaba ahí. Entonces tuviste que pasarlo por ese concreto proceso llamado pensamiento. “Déjame ver… lo que quise decir es que…”. Este es un ejemplo de saber algo y luego tener que procesarlo mediante tu cerebro. El cerebro es lento y grueso; lento para entender y rápido para olvidar. Cuando dejas esta gruesa capa de materia física que llamamos cuerpo, tú ya no estás limitado a pensar mediante el cerebro. En ese momento todo llega en un flashazo de brillantez. Tú percibes. Tú entiendes. Y tú recuerdas cada acción, cada conversación y cada pensamiento que tuviste jamás, desde que fuiste un infante hasta tu último respiro. Todo está ahí, accesible, porque tú y tus pensamientos son uno.

¿Alguna vez te has preguntado qué sucede con un gran estudioso de Torá quien, al final de sus días, sufre de la enfermedad de Alzheimer? Él pasó toda una vida acumulando sabiduría y ahora no puede acceder a ella. ¿Qué sucede cuando se va de este mundo? Como un anciano, es incapaz de recordar la Torá que estudió porque el órgano físico llamado cerebro no está funcionando adecuadamente. Su cerebro está dañado, pero él, su esencia, recuerda todo. Cuando termine su vida, todo volverá de regreso a él.

Esta tendencia de vernos a nosotros mismos como entidades físicas constituye un pensamiento severamente limitante, e inhibe nuestro crecimiento. En el nivel más simple, si no comprendemos quiénes somos y de qué estamos hechos, es seguro que nuestra vida no tendrá sentido. Tendremos muchas, muchas preguntas y no habrá respuestas.

por Rav Ben Tzion Shafier

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