Evita tus pensamientos negativos.

Imagina esta escena: un hombre hace una fogata y luego procede a tirar cientos de miles de dólares al fuego. Puedes pensar que está loco, ¿no es así? Bien, esto es la locura: un comportamiento absurdo, no constructivo y derrochador. No tiene ningún propósito o es completamente dañino. Esto nos ayuda a entender qué significa ser neurótico.

Todos somos neuróticos en algún grado. Toma por ejemplo, nuestro pensamiento. Una persona promedio tiene alrededor de 10,000 pensamientos al día. Esto resulta un tiempo muy valioso. ¿Cuántos de nosotros malgastamos tontamente este precioso recurso pensando en gente y eventos sobre los que no tenemos control, avivando emociones tales como celos, enojo, resentimiento, compasión por uno mismo y ansiedad?

Nos podemos entrenar a ser menos y menos neuróticos disciplinando nuestra mente y músculos para tener esos pensamientos que nos van a hacer sentir agradecidos, vivos, afectuosos y seguros, y haciendo tantos actos de bondad como podamos en el curso de un día. Por ejemplo, a continuación hay algunas afirmaciones de miembros de EMETT que aplicaron este principio en su vida diaria.

“El hijo del primer matrimonio de mi esposo estaba volviéndome loco. Antes de cada visita, yo pensaba que este pequeño mocoso iba crear toda clase de conflictos y confusiones peleando con mis hijos y demandando atención constante. Para el momento en que llegaba, yo ya tenía una jaqueca y me sentía furiosa e indefensa. Finalmente, me di cuenta de que esto era ridículo. Le dije a mi esposo que necesitaba un descanso, pero él me acusó de odiar a su hijo. Así que en forma asertiva le dije que necesitaba algo de ayuda psicológica antes de tener al niño nuevamente en casa. Estuvo de acuerdo y fuimos capaces de reunirnos con una tercera persona que nos explicó qué es lo que estaba pasando y me hizo comprender aspectos importantes de mi propio comportamiento. También me inscribí a una clase de P.E.T. (Parent Effectiveness Training – Padres Eficazmente Entrenados) y a un curso para que me dieran herramientas para lidiar con este niño”.

“Uno de los parientes de mi esposa estaba de visita y constantemente hacía llamadas de larga distancia a los Estados Unidos. Yo estaba furioso. Estaba a punto de cortar el cordón de la pared. Quería tener invitados (hacer la mitzvá de hajnasat orjim), pero en lugar de eso estaba todo el día con una cara amargada y no podía pensar en otra cosa más que en lo desconsiderado e inmaduro de su comportamiento. Cuando no pude aguantar más, exploté. Y él dijo, “Pensé que tu esposa te había dicho que le di $200 dólares cuando llegué y también le dije que me mande toda la cuenta de teléfonos, ya que yo la voy pagar con mucho gusto”. ¡Oh, me sentí muy mal por mis acusaciones y por el tiempo que perdí con mi negatividad! Antes de empezar a perder más tiempo estando enojado con mi esposa, pensé que mejor me ocuparía de hacer algo útil con mi mente y mis manos. Esto me calmó. Me di cuenta de que tengo la tendencia a juzgar a la gente duramente, y siempre veo una intención de herirme. Debo trabajar en ello.

En cualquier situación, tenemos la elección de cuáles pensamientos tener y cómo actuar. Esta decisión determina si vamos a estar mentalmente sanos o mentalmente enfermos. La enfermedad mental es en gran parte el resultado de pensar y comportarse de una manera destructiva. La depresión, por ejemplo, puede llamarse “desamparo aprendido”. Un temperamento explosivo es el resultado de pensar, “¡Yo debo tener lo que quiero! ¡Debo hacerlo a mi manera! ¡Las personas me hieren deliberadamente!”. Lo segundo que pensamos es que nosotros, o aquellos que nos rodean son fracasados; nos vamos a sentir mal y vamos a provocar el dolor de otros.

Sin una fuerte voluntad, una persona es víctima de cada pensamiento y humor que tiene y de las palabras y acciones de los que le rodean. Solamente desarrollando una voluntad muy disciplinada podemos liberarnos de ser esclavizados por nuestras propias pasiones e imperfecciones o por las de otros.

MIEMBRO: Estaba en el mi clase de espiritualidad y durante todo el rezo estaba pensando acerca de la gente que ahí se encontraba: “Mira al Sr. X, piensa que es grandioso. Qué tipo tan arrogante. Y mira a la Sra. L., ella en realidad es una hipócrita,

Y por ahí está la Srita. B., tratando de llamar la atención con esas ropas estrafalarias y con ese nuevo peinado. Piensa que es tan atractiva. Y ahí está la Sra. M., sonriendo tan dulcemente a todos como si pudiera obtener el Premio de Dulzura del Año, yo he oído cómo le grita con crueldad a su hijo mayor y le pega al segundo por nada”. Cuando desvié mi atención de ellos, empecé a pensar qué persona tan terrible soy. Empecé a pensar todas las cosas por las que me tengo que preocupar en el presente y en el futuro. Me sentía tan agitada.

Entonces, de repente pensé: “Éste es un comportamiento neurótico ridículo. ¿Qué beneficio tienen todos estos juicios? No estoy hiriendo a nadie más que a mí misma. Aquí, especialmente en mi clase, tengo la oportunidad de practicar amar a otros (mitzvot), de dar el beneficio de la duda, de pensar formas de mejorarme a mí misma y ayudar a otros en la comunidad, y estoy desperdiciando este tiempo valioso”. Me discipliné a enfocarme en los rezos, a pensar en ser agradecida por todo lo que tengo, a contemplar qué maravilloso es que Hashem (D´S) creó tantas diferentes clases de personas como diferentes clases de flores. No me toca a mí hacer juicios acerca del valor de estas creaciones Divinas.

Deslizarse en pensamientos negativos es fácil. Es como deslizarse en un tobogán. Es fácil y sin esfuerzo. Subir, trascender nuestra pequeñez y prejuicios toma esfuerzo. Pero cuando nos tomamos el tiempo y la molestia de forjar una actitud mental sana en lugar de los “pensamientos basura”, las recompensas son estimulantes.

 

Miriam Adaham

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