Atención mujeres: ser vasija no es lo que se cree

Bien sea que se trate de una mujer que trabaja fuera de la casao de una dueña de casa y madre de familia, la  mujer tiene como esencia espiritual de su género el ser vasija. Ya sabemos que la vasija es el recipiente que recibe la luz y las bendiciones, para contenerlas, darles forma y así evitar que la energía se disperse o, peor aún, sea mal usada.

En el contexto del árbol de la vida, la Luz divina se recibe en Keter, y en su camino a los mundos inferiores se entrega a Jojmá, la sabiduría masculina, quien tiene como misión recibirla de D’s y entregarla al mundo. Para que esa luz recibida por Jojmá circule y sea entregada al mundo, es necesario como primer paso que sea dada a Biná, la sefirá que simboliza la energía femenina. Acá tenemos una primera clave de por qué la corrección de las almas se hace en pareja: debe haber un hombre que reciba la energía superior y debe haber una mujer que la acoja y la transforme de una manera tal que la Luz pase a los mundos inferiores.

Como mujeres, debemos entender de una vez  y sin complejos que nuestra esencia consiste en recibir luz. De otra manera no podremos realizar la tarea que nos corresponde.  Hemos escuchado la misma definición tantas veces en clases de Kabbalah que nos entra por un oído y nos sale por el otro sin que busquemos la forma de aplicar estos conceptos a nuestra vida, e incluso pensando que la figura es más claramente aplicable a la vida “de otras”.

No nos equivoquemos pensando que el mecanismo de entrega del Creador hacia nosotros no tiene nada que ver conmigo “porque yo trabajo” o “porque yo también entrego mucho a los demás”. Es decir,  no pensemos que no recibimos porque de alguna manera yo sí entrego luz y “hago cosas por los demás”. Es necesaria una nueva comprensión de nuestro lugar en el mundo para evitar caer en una igualdad de género mal entendida o peor, ocupar en su nombre un lugar que no nos corresponde y que finalmente no nos hará felices.

Muyy probablemente la razón por la que hay tantas mujeres profesionales , independientes y autovalentes y que sin embargo no pueden tener una vida feliz es, precisamente, esta confusión.

Es muy cierto que en un nivel mundano la mujer tiene tantas capacidades como un hombre y en algunos casos más (un hombre muy cercano me dijo una vez que una mujer es como “un hombre y medio”). Por lo tanto la igualdad de oportunidades que el mudo debe dar a una mujer es del todo justificada.

Se podría pensar que el hecho de hacer cosas por los demás y también por nosotras mismas nos convierte en seres dadores de luz en vez de ser quienes la reciben.  Por ejemplo, si cocino un rico plato de comida para mis seres queridos estoy “dando luz”; si genero un sustento suficiente para cubrir mis necesidades y las de los míos estoy “dando luz”, si tengo un trabajo que implica grandes responsabilidades o soy la única sostenedora de un hogar estoy “generando luz”. En fin, las creencias antes expuestas y otras similares son las que nos hacen erróneamente pensar que nuestras capacidades humanas y espirituales que nos equiparan al varón. Sin embargo, la Kabbalah nos enseña que en el mundo espiritual no somos  iguales porque no tenemos el mismo rol  y que la esencia femenina es el recibir, haya o no haya un hombre a nuestro lado. Cómo conciliar estas miradas aparentemente opuestas?

La clave tal vez sea recordar que la vasija le da forma a la luz que recibe. Por lo tanto, la luz que es recibida por la vasija no es la misma que sale de ella, y en esta transformación está el secreto que cambia toda la comprensión del tema.

Cuando una mujer teje un chaleco o redacta un contrato, lo que hace es transformar la luz que recibe en otra cosa, dotándola de las características propias de su particular vasija y creando una nueva realidad. La luz que se recibe bajo la forma de inteligencia, dinero, oportunidades laborales, buenas ideas, la oportunidad de ayudar a otros y, en general los dones especiales con que el Creador dota a cada una, se transforma por medio de nuestro talento personal y único. Cada mujer le da su “toque” a dicha luz y la convierte en algo único y especial, con su propia forma.

Esa obra que sale de las manos, la mente o el corazón de cada mujer es percibida, aprovechada y disfrutada por los demás , pues lo cierto es que la vasija no puede retener eternamente lo que contiene, a riesgo de quebrarse.

Dicho en otras palabras, ser vasija no significa “no hacer nada” y esperar pasivamente que la luz llegue para recibirla. Semejante imagen del rol de la mujer nos deja bastante mal paradas y a merced de que la generosa acción de la luz llegue  a llenar nuestro vacío.  E interpretando mal, que llegue “un hombre” a dar sentido a nuestra pobre vida. Suena mal, verdad?

Lo cierto es que haya o no un hombre en nuestras vidas (en calidad de pareja, me refiero), las mujeres tenemos la capacidad de transformar la energía que recibimos, y ese es el corazón de nuestra misión. La mujer es tremendamente poderosa, porque la capacidad de transformar la realidad que la rodea es parte de su esencia. Aunque las pequeñas realidades y dificultades cotidianas hagan que no sea tan fácil sentirse inspirada a crear un “nuevo mundo” para nosotras y los nuestros, lo cierto es que una mujer, cualquier mujer, puede convertir un infierno en un paraíso con un esfuerzo de su voluntad y un toque de sus manos.

Si como dueñas de casa recibimos dinero de nuestros maridos, lo podemos utilizar para solventar las necesidades de la casa y de la familia con sabiduría o lo podemos malgastar de mil maneras; si tenemos un cargo de importancia en una organización, podemos ejercer un liderazgo creativo que aproveche lo mejor de la gente o bien podemos abusar de nuestro poder haciendo infelices a quienes trabajan con nosotras.

 

La decisión  que tomamos respecto a como transformar la energía ES propiamente la vasija que hemos elegido ser .

 

Interesante, no?

Nada que ver con la imagen de esa vasija pasiva que espera paciente a que la llenen de luz.

Resumiendo: Ser vasija no sólo es recibir luz; sobre todo, es TRANSFORMARLA.

Una vez más, la decisión de qué hacer con los recursos materiales, intelectuales, afectivos, sociales, espirituales, etc. que nos han sido dados es una decisión de índole espiritual, pero que tiene importantes consecuencias en el mundo material.

Las mujeres tenemos un don innato para la administración de recursos (pásele $100.000 a un hombre y a una mujer para que lleguen hasta fin de mes, a ver a quién le dura más la plata!). Ello se debe a que nuestra misión espiritual es sacar el mayor provecho de las cosas con el mínimo de esfuerzo (o sufrimiento).

Mujeres queridas: seamos una mejor vasija, hagamos el mejor uso de las bendiciones y oportunidades que D’s nos da y al hacerlo seremos mujeres exitosas, tanto en lo espiritual como en lo práctico.

AMÉN.

 

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