Definición de éxito: ¿Steve Jobs o Bill Gates?

Hay dos personas que se destacan especialmente en nuestra generación como los ejemplos supremos de éxito.

Es claro que Steve Jobs y Bill Gates ganaron más dinero de lo que cualquiera de nosotros podría imaginar alguna vez. Ellos son los paradigmas del espíritu emprendedor; alcanzaron la cima de la riqueza, fama y prominencia.

Ambos son hombres de grandes logros. Jobs nos dio Apple y Gates nos dio Microsoft. Su genialidad fue responsable de grandes logros tecnológicos que literalmente cambiaron el mundo.

Pese a que Jobs falleció trágicamente el 2011 y Gates aún continúa vivo, con seguridad podemos asumir que ambos ya han dejado un legado que los hará ser recordados por mucho tiempo.

Es por eso que me pareció tan increíble cuando escuché lo que Malcolm Gladwell escribió al respecto. Para ser justo, Gladwell no es un profeta y el futuro puede terminar probando que él estaba equivocado. Pero ciertamente vale la pena considerar las visiones de este influyente autor de El punto clave,Fuera de serie y Blink: inteligencia intuitiva, cuyo entendimiento de las actitudes culturales lo han convertido en un respetado e influyente analista de la sociedad contemporánea.

El futuro recordará más a los gigantes de la tecnología por lo que le devolvieron a la sociedad que por lo que lograron en los negocios.

Según es citado en la PC Magazine, Gladwell piensa que en 50 años más Steve Jobs no será más que una pequeña nota al margen en las páginas de la historia; Bill Gates, por otra parte, perfectamente podría tener estatuas en su honor en varios países alrededor del mundo. ¿Por qué esta diferencia? Jobs fue un genio de los negocios, construyó una compañía como ninguna otra y nos dejó un legado de productos incomparables.

Pero Gates fue más allá de eso. Llegó un momento en su vida en que ganar dinero y crear software más novedoso no era tan importante como el trabajo caritativo que podía hacer a través de su Fundación Bill y Melisa Gates. Y finalmente eso es lo que nos hace ganar la eterna gratitud de las generaciones futuras.

Gladwell lo resume de esta forma: “Yo creo que el futuro recordará más a los gigantes de la tecnología por lo que le devolvieron a la sociedad que por lo que lograron en los negocios”.

Gladwell no utilizó el término en hebreo tikún olam como su mantra para el propósito de la vida, pero los judíos saben desde hace mucho tiempo que jugar un rol en rectificar el mundo y transformarlo en un lugar mejor para toda la humanidad es nuestra misión más importante.

El éxito no se define por lo que logramos obtener, sino por lo que somos capaces de entregar. Y eso es cierto incluso si no estamos en la posición de establecer una fundación o de embarcarnos en el tipo de proyectos que solamente un multimillonario puede costear.

La deuda

Un amigo mío, que es un prominente abogado, compartió conmigo una historia personal que lo inspiró a cambiar su vida. Pese a que él tenía un buen pasar económico, sus padres se vieron forzados a luchar para ganarse el sustento durante toda su vida. Su padre tenía dos trabajos, como rabino y como maestro, lo cual le permitía apenas sobrevivir. Para los estándares de nuestra sociedad materialista, la cual considera la pregunta de “¿cuánto vale él?” equivalente a preguntar cuánto dinero tiene una persona, uno tendría que haber respondido “no mucho”.

Un año después de la muerte de su padre, mi amigo fue a visitarlo a la tumba y a ofrecer rezos en su memoria. Para su gran asombro, un extraño estaba parado en ese mismo lugar, llorando y rezando. El hombre no era un pariente ni alguien conocido.

—¿Estás seguro de que estás en la tumba correcta? —le preguntó mi amigo.

—Con toda certeza —respondió el hombre.

—Yo soy el hijo del rabino —dijo mi amigo—. ¿Puedo preguntarte cuál es la naturaleza de tu relación?

—Aunque nunca nos hemos conocido —le dijo el extraño— yo también soy el hijo del rabino. No en un sentido biológico, por supuesto. No tuve la fortuna. Pero tu padre fue mi maestro, y se convirtió en mi padre también. Él se preocupó por mí tanto como si yo hubiese sido su verdadero hijo. Él me enseñó Torá con una pasión y claridad como nadie nunca lo hizo. Él me convirtió en una mejor persona y siempre lo recordaré con gran gratitud. Cuando él falleció, hice una promesa de visitarlo anualmente y expresar ante la presencia de su alma la deuda que tengo con él.

Yo he hecho dinero en grandes cantidades, pero mi padre hizo personas.

“Fue entonces —me contó mi amigo con sus ojos llenos de lagrimas—, que me pregunté si alguien más que aquellos que están atados por obligaciones familiares vendrán a mi tumba a agradecer por lo que hice por ellos. He hecho dinero en grandes cantidades, pero mi padre hizo personas. Y fue entonces cuando decidí que desde ese día en adelante yo comprometería una porción significativa de mi tiempo y mis fondos a hacer una diferencia en la vida de otros”.

“La razón por la que me conoces como una persona dedicada a la filantropía y que cumple con una gran multitud de roles comunales es porque yo decidí que quiero desesperadamente que mi vida sea recordada no a través de dejar una herencia, sino a través de dejar un legado. Como mi padre, quiero que mi valor sea juzgado por mis valores y no por mi cuenta de banco”.

El punto de inflexión en la vida de mi amigo fue el momento en que él decidió ser más como Gates que como Jobs. No importa si tenemos los fondos suficientes como para crear una fundación o si solamente tenemos medios para regresar un poco al mundo en el cual nacimos y del cual hemos obtenido tanto; la verdadera prueba de nuestro carácter es cuánto estamos dispuestos a hacer para justificar el regalo divino de nuestras vidas.

Una de las personas que realmente admiro, un hombre que no es ni un rabino ni un maestro sino un hombre de negocios muy exitoso, tiene una tarjeta que le entrega a cada persona con la que se reúne; una tarjeta que yo encuentro profundamente inspiradora. Por un lado dice, “¿Qué estás haciendo en la Tierra por el honor de Dios?”, y al otro lado tiene su credo personal: “Ayudar a otros es la renta que pagamos a Dios por el derecho de vivir aquí en la Tierra”.

Debemos recordar que los legados se crean durante nuestras vidas. La clave para alcanzar la grandeza es ser responsables por algo que siga existiendo después de nuestra muerte. Como dijo hermosamente Horace Mann: “Avergüénzate de morir hasta que hayas logrado alguna victoria para la humanidad“. Y la Torá nos ordenó estar preocupados por el tikún olam, mejorar el mundo, no solamente como una forma de cumplir con nuestra responsabilidad, sino también como un medio para alcanzar la inmortalidad.

 

fuente: AISHLATINO

Share on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn0

Deja un comentario