La Riqueza y los Vecinos

Una de las leyes espirituales más profundas e importantes de entender es aquella que dice que en el mundo y en nuestra vida no existen las casualidades y, que todo lo que ocurre, desde el lugar donde vivimos, hasta las decisiones que tomamos, sean correctas o incorrectas, forman parte de un orden.

Parte de ese orden de “no casualidad” son las relaciones que tenemos, nuestros parientes y amigos, la sociedad y en general todo aquello que conforma nuestro entorno.

Ciertamente para acceder y conectarnos con ese entorno tenemos nuestro libre albedrío, el que se une al deseo del Creador y así, desde los cielos, y con nuestra participación se ordena aquello que nosotros llamamos nuestra vida.

En el marco de las alternativas que tenemos para elegir está la casa donde vivimos, la ciudad y en general las condiciones de vida que elegimos y, por supuesto dentro de nuestra libertad de elegir está el que nos podamos cambiar de casa de acuerdo a nuestra necesidad y deseo.

El hecho de cambiarnos implica que se nos presenta un nuevo abanico de posibilidades, entre las que se encuentran el tener nuevos vecinos. Y como dijimos que nada es casualidad, los nuevos vecinos tampoco lo son.

Ahora, es también importante entender que la cercanía implica influencia. Esto quiere decir que cuando adquirimos nuevos vecinos vamos a recibir de su influencia (aun con las puertas cerradas) como también nosotros ejerceremos algún tipo de influencia sobre ellos.

Hoy día cuando las personas eligen una nueva casa, uno de los asuntos a los que les prestan menor importancia es al tipo de vecinos que van a tener.

Rav Moshe Feinstein, nos cuenta que la Torah en relación a una comida, instruye que debía ser comida por el pueblo antes de la salida de Egipto llamada Korban Pesaj, que ésta debía ser comida por el habitante de una casa como también su vecino “que vive cerca de su casa.

Los sabios dicen que este vecino (con el cual se debe comer esta importante comida) debe ser el vecino que vive arriba, ya que la Torah nos dijo que se refiere a aquel que vive más cerca de su casa. Esto nos deja entender que debemos hacer una diferencia cualitativa  entre los diferentes tipos de vecinos.

¿Cómo podemos entender esto?

Rambam escribe que como la naturaleza de las personas es ser fácilmente influenciados por aquellos que se encuentran alrededor nuestro, es que debemos elegir estar cerca de Tzadikim, de gente justa y gente buena. Esto nos deja en claro que aquellos que tienen mayor relación con sus vecinos, deben hacer una mejor selección de ellos, ya que la afirmación es que seremos influenciados por ellos.

También se nos está diciendo que el cuidado lo debemos poner más con los vecinos más cercanos que con aquellos que nos encontramos ocasionalmente en la calle y que de los más cercanos debemos tener cuidado en elegir vecinos honestos que vivan “arriba” y luego lo mismo será válido para los vecinos que vivan al lado.

En el peor de los casos, si estamos forzados a vivir entre gente poco deseable, debemos buscar la compañía de muchas personas buenas, justas y espirituales, aunque éstas vivan lejos de nosotros.

La verdad es que esto nos pone en un problema relacionado con nuestra sociedad, donde la elección y selección no está determinada ni por la bondad ni por la espiritualidad, sino por el tipo de barrio y por el dividendo mensual si puede ser pagado o no y, por otro lado tenemos la dificultad de que en el lugar que estemos es importante que hagamos nuestro mayor esfuerzo por compartir y en esto incluimos a los vecinos.

Hay una historia en el Zohar que nos ilustra y nos muestra el tipo de comportamiento al que debemos aspirar, ya que como dijimos antes nada es casualidad y, en ocasiones lo que quiere el Creador de nosotros es que nos relacionemos con ciertas personas no muy positivas, para que estas sean influenciadas por nuestro comportamiento, con el deseo de que esas personas cambien, una vez que observen nuestra actitud proactiva.

En un tiempo vivía en la vecindad de R. Yisa un hombre pobre al que nadie

prestaba atención. Y él se avergonzaba de pedir.

Un día cayó enfermo, y R. Yisa  fue a visitarlo. Y cuando se sentó junto a la cama del enfermo, el Rabí oyó una voz que decía:

“Rueda, rueda —es decir, la rueda del destino— un alma vuela

hacia mí antes de que haya llegado su tiempo oportuno. Desdichados sus vecinos de ciudad porque ninguno se encontró entre ellos para sostenerlo y que pudiese vivir”.

R. Yisa, al oír estas palabras, se puso de pie y colocó en la boca del enfermo, un poco de jugo de higo, y algo de vino aromático y le dijo que bebiera.

Y esto lo hizo transpirar tanto que la enfermedad se retiró de él, y se recuperó.

Cuando R. Yisa vino otra vez a la casa de ese hombre pobre, éste le dijo: “Por tu vida, Rabí. Mi alma efectivamente abandonó mi cuerpo y era conducida al Palacio del Rey y traída ante Su Trono. Y habría quedado allí por siempre, pero Dios quiso darte el mérito de devolverme a la vida”.

El Zohar aquí nos amplia el espectro de la responsabilidad y de las consecuencias, de las relaciones con nuestros vecinos y además nos deja ver que todos aquellos que viven en una ciudad son responsables del otro, y de los otros, al punto de que las consecuencias de la no preocupación afectara a todos.

Es tan profundo el tema de la historia, que literalmente nos está diciendo que hay gente que se va antes de su tiempo debido a la no preocupación de los demás, y por otro lado la preocupación y ocupación de Rabí Yisa permitió que ese hombre siguiera viviendo.

En otro lugar, aumentando la paradoja y las preguntas en relación a que es lo que debemos hacer el Zohar nos dice que no debemos compartir el pan con aquellos que tienen mal de ojo, lo que naturalmente implica que no debemos relacionarnos con aquellos que tienen malas intenciones y cuyo énfasis esta puesto en las habladurías y que además están dominados por la envidia. Pero sin embargo de la historia del Zohar obtenemos la necesidad de ser un buen vecino.

¿Como respondemos a esta paradoja?

La verdad es que la respuesta la encontramos en el comienzo de nuestra clase. El solo hecho de que vivamos en cualquier lugar y que nos relacionemos con diferentes personas, nos habla de que nuestra alma, junto con el Creador escogió un lugar físico donde vivir, donde además pudiera trabajar en su tikun, en su corrección, y las personas con las que hoy día nos relacionamos corresponden exactamente a  aquello que necesitamos, en términos de eliminar nuestras propias capas negativas.

Esa es en realidad la verdadera razón por la cual vivimos donde vivimos y tenemos los vecinos que tenemos, ya que estos son un regalo del Creador para que nos podamos mirar a nosotros mismos. Entonces la preocupación por el otro se hace vital, porque no solo nos permite, ocuparnos de aquel que no es casualidad que este ahí, sino que también nos permite mejorar y cambiar nuestro destino y a la vez inyectar Luz en aquellos que son los vecinos, o los otros que Dios puso en nuestro camino como un regalo.

Ahora, también dentro de las opciones de libre albedrio también está el que podemos, si así lo queremos, cambiarnos de casa.

Uno de esos cambios de casa, tal vez el más importante en toda la historia de la humanidad por lo que allí ocurrió, y por la influencia energética y las lecciones que perduran hasta hoy y que perduraran siempre, aparece esta semana en la Torah.

El pueblo judío luego de 210 años de esclavitud, se prepara para salir y cumpliendo las órdenes de Moises cargan sobre sus hombros el pan sin leudar

 (Éxodo 12:34:35), y además van donde sus vecinos egipcios y les piden artículos de plata, artículos de oro y vestimentas. Dice la Torah que Hashem hizo que los egipcios respetaran al pueblo, y que les dieran incluso lo que nos les pedían. “Y así vaciaron Egipto”.

Es muy difícil entender esta situación, ya que debemos acordarnos de que esto ocurre luego de las diez plagas, donde el país entero había quedado diezmado e incluso los primogénitos egipcios habían muerto por la tozudez y el orgullo del Faraón de no querer sacar al pueblo.

¿Cómo lo podemos entender? ¿Cómo se puede entender que a un pueblo de esclavos a quienes les espera una larga travesía por el desierto, le sea asignado un tremendo botín por parte de sus vecinos, el que tal vez mas que un regalo, al menos en el futuro inmediato, significaría mas una carga que una posesión necesaria? ¿Y que de aquellos que no quisieron cargar con el botín de sus vecinos?

En realidad son muchas las preguntas sin embargo, tenemos a la Kabbalah para responder.

Sabemos que Egipto era en ese entonces la mayor potencia mundial, y que por tanto la riqueza del mundo estaba ahí concentrada. También sabemos, que la mayor energía negativa que se generaba en el mundo, emanaba de las prácticas y de la brujería que allí se practicaba.

Por otro lado la Kabbalah explica que las cosas físicas, las posesiones materiales  de las personas, adquieren, mantienen y conservan la energía de aquellos que son sus dueños, de aquellos que las poseen.

Esto nos enseña que toda la riqueza que estaba destinada por el Creador al mundo, hasta nuestros días, se encontraba contaminada por las prácticas negativas y oscuras de los egipcios y que de haber permanecido en el país de Egipto habría desaparecido y por tanto no podría haber sido destinada al sustento físico y espiritual del mundo.

Es por esta razón que el pueblo al salir, a escaparse de los cincuenta niveles de negatividad  en los que Egipto se encontraba, debe llevarse consigo la riqueza que no es otra cosa que la Luz Divina contenida en el oro y en la plata cuyo destino ya había sido decidido y que el portador de ese tesoro, para el bien de la humanidad debía ser el pueblo judío.

Por Daniel Abaud.

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